A ella se lo he contado todo, ella era (y sigue siendo) con la primera persona que hablo el día de Reyes, ella es la persona con la he cenado al lado toda mi vida en Nochevieja, ella es la primera persona que supo todas mis primeras veces. Ella a la que no veo todos los días o todas las semanas pero que siempre es la primera para todo. Ella que es tan madura y tan niñita a la vez. Ella que me da tranquilidad al escucharla, que me saca de mis malos días e intuye lo que pasa por mi cabeza.
Y ella se va. Un año lejos, fuera de casa. Un año sin verla todos los meses. Un año sin poder abrazarla tan a menudo. Pero este año volveremos a cenar juntas en Nochevieja, seguirá siendo la primera en saberlo todo y la volveré a llamar en Reyes para volver a ser una niñas de ocho años. Seguiremos cerca. Porque si tengo alguna certeza en la vida es que ella siempre va a estar cerca de mi. La voy a echar de menos pero entonces miraré nuestras fotos de cuando eramos una crías, de nuestras primeras compras solas, de cuando crecimos y nacimos y me daré cuenta que un año separadas no es nada comparado con veintiuno juntas.
Y ella se va. Un año lejos, fuera de casa. Un año sin verla todos los meses. Un año sin poder abrazarla tan a menudo. Pero este año volveremos a cenar juntas en Nochevieja, seguirá siendo la primera en saberlo todo y la volveré a llamar en Reyes para volver a ser una niñas de ocho años. Seguiremos cerca. Porque si tengo alguna certeza en la vida es que ella siempre va a estar cerca de mi. La voy a echar de menos pero entonces miraré nuestras fotos de cuando eramos una crías, de nuestras primeras compras solas, de cuando crecimos y nacimos y me daré cuenta que un año separadas no es nada comparado con veintiuno juntas.

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